La Divina Comedia
La Divina Comedia Cuando el calor diurno no consigue
hacer ya tibio el frÃo de la luna,
por la tierra vencido y por Saturno,
—que es cuando los geomantes la Fortuna
Mayor ven en oriente antes del alba,
surgir por vÃa oscura poco tiempo—
me llegó en sueños una tartamuda,
bizca en los ojos, y en los pies torcida,
descolorida y con las manos mancas.
Yo la miraba; y como el sol conforta
los frÃos miembros que la noche oprime,
asà mi vista le volvÃa suelta
la lengua, y bien derecha la ponÃa
al poco, y su semblante desmayado,
como quiere el amor, coloreaba.
Después de haberse en el hablar soltado,
a cantar comenzó, tal que con pena
habrÃa de ella apartado mi mente.
«Yo soy —cantaba— la dulce sirena,
que en la mar enloquece a los marinos;
tan grande es el placer que da el oÃrme.
Yo aparté a Ulises de su incierta ruta
con mi cantar; y quien se me habitúa,
raramente me deja: ¡Asà lo atraigo!»
Aún no se habÃa cerrado su boca,
cuando yo vi una dama santa y presta
al lado de mà para confundirla.
