La Divina Comedia
La Divina Comedia Mientras los ojos por la verde fronda
fijaba de igual modo que quien suele
del pajarillo en pos perder la vida,
el más que padre me decía: «Hijo,
ven pronto, pues el tiempo que nos dieron
más útilmente aprovechar se debe.»
Volví el rostro y el paso sin tardarme,
junto a los sabios, que en tal forma hablaban,
que me hicieron andar sin pena alguna.
Y en esto se escuchó llorar y un canto
labia mea domine, en tal modo,
cual si pariera gozo y pesadumbre.
«Oh dulce padre, ¿qué es lo que ahora escucho?»,
yo comencé; y él: «Sombras que caminan
de sus deudas el nudo desatando.»
Como los pensativos peregrinos,
al encontrar extraños en su ruta,
que se vuelven a ellos sin pararse,
así tras de nosotros, más aprisa,
al llegar y pasamos, se asombraba
de ánimas turba tácita y devota.
Todos de ojos hundidos y apagados,
de pálidos semblantes, y tan flacos
que del hueso la piel tomaba forma.
No creo que a pellejo tan extremo
seco, hubiese llegado Erisitone,
