La Divina Comedia

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CANTO XXVIII

Deseoso de ver por dentro y fuera

la divina floresta espesa y viva,

que a los ojos ternplaba el día nuevo,

sin esperar ya más, dejé su margen,

andando, por el campo a paso lento

por el suelo aromado en todas partes.

Un aura dulce que jamás mudanza

tenía en sí, me hería por la frente

con no más golpe que un suave viento;

con el cual tremolando los frondajes

todos se doblegaban hacia el lado

en que el monte la sombra proyectaba;

mas no de su estar firme tan lejanos,

que por sus copas unas avecillas

dejaran todas de ejercer su arte;

mas con toda alegría en la hora prima,

la esperaban cantando entre las hojas,

que bordón a sus rimas ofrecían,

como de rama en rama se acrecienta

en la pineda junto al mar de Classe,

cuando Eolo al Siroco desencierra.

Lentos pasos habíanme llevado

ya tan adentro de la antigua selva,

que no podía ver por dónde entrara;

y vi que un río el avanzar vedaba,

que hacia la izquierda con menudas ondas

doblegaba la hierba a sus orillas.


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