La Divina Comedia

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CANTO III

El sol primero que me ardió en el pecho,

de la verdad habíame mostrado,

probando y refutando, el dulce rostro;

y yo por confesarme corregido

y convencido, cuanto convenía,

para hablar claramente alcé la vista;

mas vino una visión que, al contemplarla,

tan fuertemente a ella fui ligado,

que aquella confesión puse en olvido.

Como en vidrios diáfanos y tersos,

o en las límpidas aguas remansadas,

no tan profundas que el fondo se oculte,

se vuelven de los rostros los reflejos

tan débiles, que perla en blanca frente

no más clara los ojos la verían;

vi así rostros dispuestos para hablarme;

por lo que yo sufrí el contrario engaño

de quien ardió en amor de fuente y hombre.

En cuanto me hube dado cuenta de ellos,

creyendo que eran rostros reflejados,

para ver de quién eran me volví;

y nada vi, y miré otra vez delante,

fijo en la luz de aquella dulce guía

que, sonriendo, ardía en su mirada.

«No te asombre —me dijo— que sonría

de tu infantil creencia, pues tus plantas


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