La Divina Comedia
La Divina Comedia «Ossanna, sanctus Deus sabaoth,
superilunstrans claritate tua
felices ignes borum malacth!»
De este modo, volviéndose a sus notas,
escuché que cantaba esa sustancia,
sobre la cual doble luz se enduaba;
y reemprendió su danza con las otras,
y como velocísimas centellas
las ocultó la súbita distancia.
Dudoso estaba y me decía: «¡Dile!
Dile, dile —decía— a mi señora
que mi sed sacie con su dulce estilo.»
Mas el respeto que de mí se adueña
tan sólo con la B o con el IZ,
como el sueño la frente me inclinaba.
Poco tiempo Beatriz consintió esto,
y empezó, iluminándome su risa,
que aun en el fuego me haría dichoso:
«Según mi parecer siempre infalible,
cómo justa venganza justamente
ha sido castigada, estás pensando;
mas yo desataré pronto tu mente;
y escúchame, porque lo que te diga
te hará el regalo de una gran certeza.
Por no poner a la virtud que quiere
un freno por su bien, el no nacido,
se condenó a sí mismo y su progenie;
