La Divina Comedia

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CANTO VIII

Digo, para seguir, que mucho antes

de llegar hasta el pie de la alta torre,

se encaminó a su cima nuestra vista,

porque vimos allí dos lucecitas,

y otra que tan de lejos daba señas,

que apenas nuestros ojos la veían.

Y yo le dije al mar de todo seso:

«Esto ¿qué significa? y ¿qué responde

el otro foco, y quién es quien lo hace?»

Y él respondió: «Por estas ondas sucias

ya podrás divisar lo que se espera,

si no lo oculta el humo del pantano.»

Cuerda no lanzó nunca una saeta

que tan ligera fuese por el aire,

como yo vi una nave pequeñita

por el agua venir hacia nosotros,

al gobierno de un solo galeote,

gritando: «Al fin llegaste, alma alevosa.»

«Flegias, Flegias, en vano estás gritando

díjole mi señor en este punto—;

tan sólo nos tendrás cruzando el lodo.»

Cual es aquel que gran engaño escucha

que le hayan hecho, y luego se contiene,

así hizo Flegias consumido en ira.

Subió mi guía entonces a la barca,

y luego me hizo entrar detrás de él;

y sólo entonces pareció cargada.


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