La Divina Comedia
La Divina Comedia La buena voluntad donde se licúa
siempre el amor que inspira lo que es recto,
como en la inicua la pasión insana,
silencio impuso a aquella dulce lira,
aquietando las cuerdas que la diestra
del cielo pulsa y luego las acalla.
¿Cómo estarán a justas preces sordas
esas sustancias que, por darme aliento
para que hablase, a una se callaron?
Bien está que sin término se duela
quien, por amor de cosas que no duran,
de ese amor se despoja eternamente.
Cual por los cielos puros y tranquilos
de cuando en cuando cruza un raudo fuego,
y atrae la vista que está distraída,
y es como un astro que de sitio mude,
sino que en el lugar donde se enciende
no se pierde ninguno, y dura poco:
tal desde el brazo que a diestra se extiende
hasta el pie de la cruz, corrió una estrella
de la constelación que allí relumbra;
no se apartó la gema de su cinta,
mas pasó por la línea radial
cual fuego por detrás del alabastro.
Fue tan piadosa la sombra de Anquises,
si a la más alta musa damos fe,
reconociendo a su hijo en el Elíseo.
