La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Del rostro se apartaba el aire espeso

de vez en cuando con la mano izquierda;

y sólo esa molestia le cansaba.

Bien noté que del cielo era enviado,

y me volví al maestro que hizo un signo

de que estuviera quieto y me inclinase.

¡Cuán lleno de desdén me parecía!

Llegó a la puerta, y con una varita

la abrió sin encontrar impedimento.

«¡Oh, arrojados del cielo, despreciados!

—gritóles él desde el umbral horrible—.

¿Cómo es que aún conserváis esta arrogancia?

¿Y por que os resistis a aquel deseo

cuyo fin nunca pueda detenerse,

y que más veces acreció el castigo?

¿De qué sirve al destino dar de coces?

Vuestro Cerbero, si bien recordáis,

aún hocico y mentón lleva pelados.»

Luego tomó el camino cenagoso,

sin decirnos palabra, mas con cara

de a quien otro cuidado apremia y muerde,

y no el de aquellos que tiene delante.

A la ciudad los pasos dirigimos,

seguros ya tras sus palabras santas.

Dentro, sin guerra alguna, penetramos;

y yo, que de mirar estaba ansioso

todas las cosas que el castillo encierra,


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