La Divina Comedia

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CANTO XXIV

«Oh compañía electa a la gran cena

del bendito Cordero, el cual os nutre

de modo que dais siempre saciadas,

si por gracia de Dios éste disfruta

de aquello que se cae de vuestra mesa,

antes de que la muerte el tiempo agote,

estar atentos a su gran deseo

y refrescarle un poco: pues bebéis

de la fuente en que mana lo que él piensa.»

Así Beatriz; y las gozosas almas

se hicieron una esfera en polos fijos,

llameando, al igual que los cometas.

Y cual giran las ruedas de un reloj

así que, a quien lo mira, la primera

parece quieta, y la última que vuela;

así aquellas coronas, diferente—

mente danzando, lentas o veloces,

me hacían apreciar sus excelencias.

De aquella que noté más apreciada

vi que salía un fuego tan dichoso,

que de más claridad no hubo ninguno;

y tres veces en torno de Beatriz

dio vueltas con un canto tan divino,

que mi imaginación no lo repite.

Y así salta mi pluma y no lo escribo:

pues la imaginativa, a tales pliegues,

no ya el lenguaje, tiene un color burdo.


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