La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Se ajustó allí a su canto y a su rueda;

y atenta los miraba mi señora,

como una esposa inmóvil y callada.

«Es éste quien yaciera sobre el pecho

de nuestro pelicano, y éste fue

desde la cruz propuesto al gran oficio.»

Dijo así mi señora; mas por esto

su vista no dejó de estar atenta

despues como antes de que hubiera hablado.

Como es aquel que mira y que pretende

ver eclipsarse el sol por un momento,

y que, por ver, no vidente se vuelve

con el último fuego hice lo mismo

hasta que se me dijo: «¿Por qué ciegas

para ver una cosa que no existe?

Mi cuerpo es tierra en tierra, y lo será

con todos los demás, hasta que el número

al eterno propósito se iguale.

Con las dos vestes en el santo claustro

sólo están las dos luces que ascendieron;

y esto habrás de decir en vuestro mundo.»

Con esta voz el inflamado giro

se detuvo y con él la mezcolanza

que se formaba del sonido triple,

como para evitar riesgo o fatiga,

los remos que en el agua golpeaban,

todos se aquietan al sonar de un silbo.


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