La Divina Comedia
La Divina Comedia Mientras yo deslumbrado vacilaba,
de la fúlgida llama deslumbrante
salió una voz a la que me hice atento.
«En tanto que retorna a ti la vista
que por mirarme —dijo,— has consumido,
bueno será que hablando la compenses.
Empieza pues; y di a dónde diriges
tu alma, y date cuenta que tu vista
está en ti desmayada y no difunta:
porque la dama que por la sagrada
región te lleva, en la mirada tiene
la virtud de la mano de AnanÃas.»
«A su gusto —repuse pronto o tarde
venga el remedio, pues que fueron puertas
que ella cruzó con fuego en que ardo siempre
El bien que hace la dicha de esta corte,
es Alfa y es O de cuanta escritura
lee en mà el Amor o fuerte o levemente.»
Aquella misma voz que los temores
del súbito cegar me hubo quitado,
a que siguiese hablando me animaba;
y dijo: «Por aún más angosta criba
te conviene cerner; decirnos debes
quién a tal blanco dirigió tu arco.»
Y yo: «Por filosóficas razones
y por la autoridad que de ellas baja
tal amor ha debido en mà imprimirse:
