La Divina Comedia
La Divina Comedia Neso no había aún vuelto al otro lado,
cuando entramos nosotros por un bosque
al que ningún sendero señalaba.
No era verde su fronda, sino oscura;
ni sus ramas derechas, mas torcidas;
sin frutas, mas con púas venenosas.
Tan tupidos, tan ásperos matojos
no conocen las fieras que aborrecen
entre Corneto y Cécina los campos.
Hacen allí su nido las arpías,
que de Estrófane echaron al Troyano
con triste anuncio de futuras cuitas.
Alas muy grandes, cuello y rostro humanos
y garras tienen, y el vientre con plumas;
en árboles tan raros se lamentan.
Y el buen Maestro: «Antes de adentrarte,
sabrás que este recinto es el segundo
—me comenzó a decir— y estarás hasta
que puedas ver el horrible arenal;
mas mira atentamente; así verás
cosas que si te digo no creerías.»
Yo escuchaba por todas partes ayes,
y no vela a nadie que los diese,
por lo que me detuve muy asustado.
Yo creí que él creyó que yo creía
que tanta voz salía del follaje,
