La Divina Comedia

La Divina Comedia

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CANTO XV

Caminamos por uno de los bordes,

y tan denso es el humo del arroyo,

que del fuego protege agua y orillas.

Tal los flamencos entre Gante y Brujas,

temiendo el viento que en invierno sopla,

a fin de que huya el mar hacen sus diques;

y como junto al Brenta los paduanos

por defender sus villas y castillos,

antes que Chiarentana el calor sienta;

de igual manera estaban hechos éstos,

sólo que ni tan altos ni tan gruesos,

fuese el que fuese quien los construyera.

Ya estábamos tan lejos de la selva

que no podría ver dónde me hallaba,

aunque hacia atrás yo me diera la vuelta,

cuando encontramos un tropel de almas

que andaban junto al dique, y todas ellas

nos miraban cual suele por la noche

mirarse el uno al otro en luna nueva;

y para vernos fruncían las cejas

como hace el sastre viejo con la aguja.

Examinado así por tal familia,

de uno fui conocido, que agarró

mi túnica y gritó: «¡Qué maravilla!»

y yo, al verme cogido por su mano

fijé la vista en su quemado rostro,

para que, aun abrasado, no impidiera,


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