El Zarco. La Navidad en las montanas

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»Carmen no correspondió al afecto de Pablo, sea porque su educación, extremadamente recatada, la hiciese muy tímida todavía para los asuntos amorosos; sea, lo que yo creo más probable, que la asustaba la ligereza de carácter del joven, muy dado a galanteos, y que había ya tenido varias novias a quienes había dejado por los más ligeros motivos.

»Pero la esquivez de Carmen no hizo más que avivar el amor de Pablo, ya bastante profundo, y que él ni podía ni trataba de dominar.

»Seguía a la muchacha por todas partes, aunque sin asediarla con importunas manifestaciones. Recogía las más exquisitas y bellas flores de la montaña, y venía a colocarlas todas las mañanas en la puerta de la casa de Carmen, quien se encontraba al levantarse con estos hermosos ramilletes, adivinando, por supuesto, qué mano los había colocado allí. Pero todo era en vano. Carmen permanecía esquiva y aun aparentaba no comprender que ella era el objeto de la pasión del joven. Éste, al cabo de algún tiempo de inútil afán, se apesadumbró, y quizá para olvidar, tomó un mal camino; muy mal camino.



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