El Zarco

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—¡El mismo, el más temible y malvado de esos bandidos, que, según dicen, es joven y no mal parecido! Éste fue quien abrazó a la joven para montarla y quien parece que la llevaba. En el acto emprendieron todos, y a gran prisa, el camino de la montaña, sin reparar en el guardacampo, que no los perdió de vista hasta que ellos encumbraron y se alejaron entre las breñas. Entonces vino a dar parte. Yo no sé qué terrible presentimiento tuve, y sin darme cuenta de por qué lo hacía, monté a caballo y vine a ver si había ocurrido aquí alguna novedad… Así es •añadió con intensa amargura— que ya saben ustedes con quién se fue Manuela.

—¡Ah! ¡Con razón dice que es inútil perseguirla! —exclamó colérica doña Antonia, mostrando a Nicolás el papel, que él estuvo examinando con profunda atención.

—Efectivamente —repuso el joven—, es perfectamente inútil. ¿Quién iría a perseguir a ese bandido a su cuartel general, en que tiene más de quinientos hombres que lo defienden? Y sobre todo, ¿para qué? ¿No se ha ido ella con toda su voluntad? Cuando una mujer da ese paso, es porque está apasionada del hombre con quien se va. Perseguirla sería matarla también a ella.


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