El Zarco

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—¡Bonita manera de arreglar las cosas hombre a hombre! —murmuró Nicolás, mirando al comandante con un gesto de profundísimo desdén.

—¡Ahora verá usted si me echa bravatas, insolente!

—Pero, señor comandante —dijo el pobre prefecto, interponiéndose en actitud suplicante—, dispense usted a este muchacho; es un exaltado, pero es hombre de bien, incapaz de cometer el más mínimo delito.

—¡Cállese usted, señor prefecto del demonio —replicó el militar, furioso como un energúmeno—, cállese usted o también me lo llevo! Para eso nada más sirven ustedes las autoridades de aquí, para dar alas a los zaragates. ¡Ya verá usted si hago otro ejemplar! Llévenselo, llévenselo •dijo a los soldados que se apoderaron de Nicolás, el cual no hizo ninguna resistencia, contentándose con decir al prefecto:

—No ruegue usted, señor prefecto; deje usted que hagan lo que quieran, pero no humille usted su autoridad.



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