El Zarco

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—Mira, mamá —dijo la joven blanca, dirigiéndose a la señora mayor que cosía sentada en una pequeña silla de paja, algo lejos del banco rústico—, mira a esta tonta, que no acabará de poner sus flores en toda la tarde; ya se lastimó las manos por el empeño de no cortar más que los azahares frescos y que estaban más altos, y ahora no puede ponérselos en las trenzas… Y es que a toda costa quiere casarse, y pronto.

—¿Yo? —preguntó la morena alzando tímidamente los ojos como avergonzada.

—Sí, tú —replicó la otra—, no lo disimules; tú sueñas con el casamiento; no haces más que hablar de ello todo el día, y por eso escoges los azahares de preferencia. Yo no, yo no pienso en casarme todavía, y me contento con las flores que más me gustan. Además, con la corona de azahares parece que va una a vestirse de muerta. Así entierran a las doncellas.

—Pues tal vez así me enterrarán a mí —dijo la morena—, y por eso prefiero estos adornos.

—¡Oh!, niñas, no hablen de esas cosas —exclamó la señora en tono de reprensión—. Estan los tiempos como están y hablar ustedes de cosas tristes, es para aburrirse. Tú, Manuela —dijo dirigiéndose a la joven altiva—, deja a Pilar que se ponga las flores que más le cuadren y ponte tú las que te gustan. Al cabo, las dos están bonitas con ellas… y como nadie las ve —añadió, dando un suspiro.


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