El Zarco

El Zarco

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—Bonitos están los tiempos —exclamó amargamente la señora—, lindos para andar en bailes o asomarse por las ventanas. ¿Para qué queríamos más fiesta? ¡Jesús nos ampare! ¡Con qué trabajos tenemos para vivir escondidas y sin que sepan los malditos plateados que existimos! No veo la hora de que venga mi hermano de México y nos lleve aunque sea a pie. No puede vivirse ya en esta tierra. Me voy a morir de miedo un día de éstos. Ya no es vida. Señor, ya no es vida la que llevamos en Yautepec. Por la mañana, sustos si suena la campana, y a esconderse en la casa del vecino o en la iglesia. Por la tarde, apenas se come de prisa, nuevos sustos si suena la campana o corre la gente; por la noche, a dormir con sobresalto, a temblar a cada tropel, a cada ruido, a cada pisada que se oye en la calle, y a no pegar los ojos en toda la noche si suenan tiros o gritos. Es imposible vivir de esta manera; no se habla más que de robos y asesinatos: que ya se llevaron al monte a don fulano; que ya apareció su cadáver en tal barranca o en tal camino; que hay zopilotera en tal lugar; que ya se fue el señor cura a confesar a fulano que está mal herido; que esta noche entra Salomé Plasencia; que se escondan las familias, que ahí viene el Zarco o Palo Seco; y después: que ahí viene la tropa del gobierno, fusilando y amarrando a los vecinos. Díganme ustedes si esto es vida; no: es el infierno…; yo estoy mala del corazón.


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