El Zarco
El Zarco Pero entonces, examinándose más profundamente, sondeando el abismo oscuro de su conciencia, acababa por comprender con terror que habÃa otra pasión en ella que la habÃa sostenido en este amor malsano, que la habÃa seducido, tanto como el prestigio personal del Zarco, y esa pasión era la codicia, una codicia desenfrenada, loca, verdaderamente absurda, pero irresistible y que habÃa corrompido su carácter.
E irritada por esa consideración, se sublevaba contra ella, negaba, y con una gran apariencia de razón. No podÃa ser la codicia, no podÃan ser las valiosÃsimas alhajas que el Zarco le llevaba casi todas las noches de sus entrevistas, las que hubieran influido sobre ella para querer al bandido; no podÃan ser tampoco las esperanzas de obtenerlas todavÃa mejores por los robos sucesivos; porque, en suma, este tesoro y el que se reuniera después, es decir, el capital ya poseÃdo y el que se esperaba, podÃan desaparecer en un momento con la muerte del bandido, con su derrota. Nada habÃa más inseguro que este dinero de ladrones.