El Zarco

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¡Pero esto era espantoso! Manuela creía salir de un sueño horrible. Habíanle bastado algunas horas para comprender todo lo execrable de su pasión, y todo lo irremediable de su desventura. Y era que, desvaneciéndose su ilusión malsana, y apagándose por eso la llama impura que había abrasado su corazón, iba reapareciendo la luz en su conciencia y palpándose la fría realidad con su cortejo de verdades aterradoras.

A tan dolorosa revolución, que se operaba cada vez más intensa, se agregaban, como es de suponerse, los punzantes recuerdos de la pobre anciana, de la dulce y tierna madre, tan honrada, tan amorosa, a quien había engañado vilmente, a quien había abandonado en el mayor desamparo, a quien había asesinado, porque era seguro que al despertar, al buscarla por todas partes en vano, al saber por su carta que había huido, la desesperación de la infeliz señora no habría tenido límites… ¡se había enfermado e iba a morir!

Ni quería pensar en ello Manuela; y así, abrumada por tantas emociones, torturada por tantos remordimientos, se apoderaba de ella el desaliento, el tedio de la vida y sentía que su corazón iba a perderse.

El castigo de su falta no se había hecho esperar mucho tiempo.


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