El Zarco

El Zarco

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En la tarde, el Zarco le trajo a dos bandidos que cantaban acompañándose de la guitarra y les encargó que entonaran sus mejores canciones. Manuela los vio con horror; ellos cantaron una larga serie de canciones, de esas canciones fastidiosas, disparatadas, sin sentido alguno, que canta el populacho en los días de embriaguez.

Los bandidos las entonaban con esa voz aguda y destemplada de los campesinos de la tierra caliente, voz de eunuco, chillona y desapacible, parecida al canto de la cigarra, y que no puede oírse mucho tiempo sin un intenso fastidio.

Manuela se sintió fastidiada, y los músicos, conociéndolo, muy contrariados por no haber agradado a la catrina, le dieron las buenas noches y se retiraron.

Llegó la noche, la noche pavorosa y lúgubre de aquel campamento de bandidos. Manuela fue a asomarse a la puerta de la capilla, deseosa de respirar aire puro y de contemplar el aspecto de aquel lugar que comenzaba a parecerle peligrosísimo a pesar de tener por apoyo al Zarco.

La noche era sombría y como la anterior, amenazaba tempestad. Las luces que brillaban por entre las ventanas y las grietas de aquellas ruinas les daban un aspecto todavía más espantoso.


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