El Zarco
El Zarco —SÃ, pelearon, pero los otros eran más y traÃan muy buenas armas.
—¿Y qué, no tuvieron aviso?
—¡Eso es lo que extrañamos!, pero creo que la gente comienza a ayudar a MartÃn Sánchez y a faltamos a nosotros.
—Pues, es preciso vengar a nuestros compañeros y meter miedo a las gentes, para que no se vayan a voltear enteramente contra nosotros. Mañana, amaneciendo, todos vamos a salir de aquÃ, y que se nos reúnan los demás que andan dispersos, y vamos a buscar a MartÃn Sánchez y a ver si es tan bueno contra quinientos hombres como contra treinta. Conque alÃstense para mañana.
—¿Y qué hacemos con los presos? —preguntó uno.
—Pues esos que se mueran —dijo Salomé—, ¿para qué queremos estorbos?… Tú, Tigre, anda, y mátalos luego luego.
—Mira, Salomé —dijo el Tigre, adelantándose—, mejor dale esa comisión al Zarco; él sabe bien matar a los muertos —añadió con desprecio.
—¿Matar a los muertos dices, Tigre?
—¡Si, matar a los muertos! —replicó el Tigre—; acuérdate de Alpuyeca.
—¡Pues ya verás si sé matar también a los vivos! —replicó el Zarco, lÃvido de cólera.