El Zarco

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Nicolás alcanzó al Zarco, precisamente al acercarse éste al grupo de mujeres, y allí al tiempo en que el bandido disparaba sobre él su mosquete, le abrió la cabeza de un sablazo y lo dejó tendido en el suelo, después de lo cual volvió al lugar de la pelea, no sin gritar:

—¡Ya está vengada doña Antonia!

Ni oyó siquiera, furioso como estaba, el grito de Manuela, que era una de las mujeres que estaban a caballo, y que le había conocido precisamente en el instante mismo en que hería al Zarco.

La pelea, después de esto, duró poco, porque los bandidos huyeron despavoridos, dejando libre el cargamento.

El sol se había puesto ya enteramente. Avanzaban las sombras, y a la luz crepuscular, Martín Sánchez recogió sus muertos y heridos, lo mismo que los de los plateados, operación que le hizo detenerse algunas horas hasta que anocheció completamente.

Entonces temiendo que los plateados se rehicieran y volvieran sobre él con todas las ventajas que les daban el número y la oscuridad, determinó que alguno se avanzara rápidamente a Morelos, y pidiera a la autoridad el auxilio de fuerza y las camillas que se necesitaban.

La comisión era peligrosísima; los bandidos no debían estar lejos, y era de temerse una emboscada en el camino.


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