El Zarco

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Esa resolución se hizo más urgente aun cuando Martín Sánchez supo que, al ser conducido el Zarco con su querida y sus compañeros a Cuernavaca escoltado por una fuerza pequeña y mala, los plateados se habían emboscado en el estrecho y escabroso paso llamado Las Tetillas, y atacando a la escolta, la desbarataron y libraron a los presos. Así pues, el Zarco había vuelto con sus antiguos compañeros para sembrar de nuevo el terror con sus crímenes en aquella comarca.

Martín Sánchez se dirigió a México, y aunque no contando con ningún valimiento ni reputación, provisto sólo de algunas cartas de amigos del presidente Juárez, se presentó a éste tan pronto como pudo.

Juárez no era entonces el magistrado de autoridad incontestable y aceptada, ante cuya personalidad se inclinaran todos, como lo fue mucho más tarde.

Por aquella época, aunque acababa de triunfar en la famosa guerra de Reforma, luchaba aún con mil dificultades, con mil adversarios, con mil peligros, de que sólo su energía y su fortuna pudieron sacarlo avante.

Las fuerzas clericales, acaudilladas por Márquez, Zuloaga y otros, todavía combatían con encarnizamiento y distraían a las tropas del gobierno ocupadas en perseguirlas.

En el partido liberal surgían para el presidente rivalidades poderosas, aunque, a decir verdad, ellas no constituían el mayor peligro.


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