El Zarco

El Zarco

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Pero en esto una mujer, una joven en quien todos reconocieron luego a Manuela, se abrió paso entre la fila de los jinetes y vino corriendo, arrastrándose, desmelenada, desencajada, temblando, pudiendo apenas hablar, yasiéndose de las puertas del guayín, dijo con la voz enronquecida y con palabras entrecortadas:

—¡Nicolás! ¡Nicolás! ¡Pilar, hermana!… ¡Socorro! ¡Misericordia! ¡Tengan piedad de mí!… ¡Perdón! ¡Perdón!

Nicolás y Pilar se quedaron helados de espanto.

—Pero, ¿qué es eso?… ¿Qué tienes? —gritó Pilar.

—Es que… —dijo Manuela— es que… ahorita lo van a fusilar… al Zarco; allí está amarrado, tapado con los caballos…, lo van a matar delante de mí! ¡Perdón! ¡Perdón, don Martín! ¡Perdón, Nicolás!… ¡Ah, me vaya volver loca!…

En efecto, la fila de jinetes enlutados ocultaba un cuadro estrecho en el centro del cual, y sentados en una piedra y bien amarrados, y lívidos y desfallecidos, estaban el Zarco y el Tigre, próximos a ser ejecutados. Martín Sánchez, al ver la comitiva y previendo que podría ser la comitiva de Nicolás, había querido ocultar a los bandidos para ahorrar este espectáculo a lós novios.


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