El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Purito se desplomó en el suelo, con las manos en la cabeza. —¡Basta! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡No soy quien creen! ¡No puedo hacer milagros, ni bendecir, ni curar!
El silencio que siguió fue aún más ensordecedor que los gritos de la multitud. La gente lo miraba con incredulidad, y luego comenzaron los murmullos, los cuchicheos.
—¿Es una farsa? —dijo alguien.
—¿Nos ha mentido? —agregó otro.
Purito se levantó, tambaleándose, y salió corriendo de la plaza, dejando atrás las miradas acusadoras y las expectativas rotas. Cuando llegó a casa, se encerró en su habitación, agotado, sintiendo que había perdido todo: el respeto del pueblo, la fe en sí mismo, y cualquier atisbo de identidad que pudiera haber tenido.
El silencio de aquella noche era una carga pesada. Purito estaba solo en su habitación, con las manos apretando sus sienes y las rodillas dobladas contra el pecho. Todo lo que había ocurrido en la procesión se repetía en su cabeza como una pesadilla interminable: las súplicas del hombre, los ojos esperanzados del pueblo, su grito al cielo... y la ausencia de respuesta.
“Un fraude”, pensó. “Eso es lo que soy”.
Su madre golpeó suavemente la puerta. —Purito, ¿puedo pasar?
