El sobrino de Dios
El sobrino de Dios En ese momento, no hubo truenos, ni luces celestiales, ni revelaciones. Solo un inmenso silencio que, lejos de asfixiarlo, lo llenó de paz. La decisión estaba tomada: no permitirÃa que los demás definieran quién era. A partir de ahora, serÃa Purito, sin más, y harÃa lo posible por construir una vida que le diera sentido, sin esperar milagros ni perseguirlos.
Cuando Purito regresó al pueblo, lo hizo de madrugada. La luz tenue del amanecer iluminaba las calles desiertas, y el aire tenÃa ese aroma limpio que trae consigo una nueva oportunidad. Caminó con pasos firmes, aunque su corazón todavÃa latÃa con nerviosismo. No sabÃa cómo lo recibirÃan, pero estaba listo para enfrentar lo que viniera.
El primer encuentro fue con don FermÃn, el panadero, que abrÃa su tienda. FermÃn levantó la vista, sorprendido al verlo. —Purito... pensábamos que te habÃas ido para siempre.
—No podÃa quedarme lejos, don FermÃn. Este es mi hogar, y tengo cosas que arreglar.
El hombre asintió, pero no dijo nada más. Purito siguió caminando, saludando con una inclinación de cabeza a los pocos madrugadores que encontraba. La tensión era palpable; las miradas no eran de hostilidad, pero sà de duda. SabÃa que necesitarÃa tiempo para que todos lo entendieran.
