El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Purito se detuvo, sorprendido. —Yo... yo no puedo hacer eso, señora.
—¿Cómo que no? —insistió la mujer, cruzándose de brazos—. Si eres quien dicen que eres, arregla mi problema.
El muchacho balbuceó una disculpa y salió corriendo hacia un callejón. Su corazón latÃa con fuerza, y el pan, ahora aplastado en su mano, temblaba junto con él.
—Esto es una locura —murmuró para sà mismo mientras se apoyaba en la pared.
Pero la locura apenas comenzaba. Las demandas crecieron en número y extravagancia. Personas de todas partes del pueblo empezaron a aparecer frente a su casa, pidiendo curas, bendiciones, y hasta números ganadores para la loterÃa.
—Purito, por favor, mi hijo está enfermo —suplicó un hombre, alzando un bebé envuelto en mantas.
—¡Purito, bendice mi campo de maÃz! —gritó otro desde la multitud.
—¿Purito? ¿Puedes conseguirme un novio? —dijo una chica ruborizada desde el fondo del grupo.
Abrumado, Purito comenzó a evitar salir de casa. La presión se acumulaba, y su mente no dejaba de repetirse la pregunta que lo carcomÃa: ¿y si de verdad era diferente? ¿Y si todo lo que decÃan sus padres era cierto?
