Los amantes de Praga
Los amantes de Praga Lenka aprendió rápido las reglas. No mostrarse débil. No hacer preguntas. No esperar misericordia.
Los guardias gritaban órdenes en un alemán seco, inhumano. El humo de los crematorios cubrÃa el cielo. Cada dÃa, el mismo ritual: el sonido de botas golpeando la tierra, las filas de prisioneros avanzando hacia lo desconocido.
Pero Lenka tenÃa algo que los nazis no podÃan arrebatarle.
—Dibuja —le susurró una de las mujeres en la barraca—. Dibuja lo que ves.
Y asà lo hizo. Ocultaba trozos de carbón en la tela sucia de su vestido, trazaba lÃneas en papeles robados, en paredes descascaradas. Rostros de mujeres que pronto desaparecerÃan, manos huesudas sosteniendo las últimas migajas de pan.
El arte no la salvaba del hambre, del frÃo que le helaba los huesos, pero la mantenÃa humana.
Un dÃa, una kapo la llamó por su número.
—El comandante quiere algo especial para su esposa. Un retrato.
El miedo se le enredó en el estómago, pero no tenÃa opción.
La llevaron a una habitación iluminada, con una mesa donde descansaba papel limpio y carbón afilado. Frente a ella, una mujer bien vestida, ajena al horror que la rodeaba.