Corazón

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—Ven aquí —añadió el maestro.

Derossi salió de su banco y se colocó junto a la mesa, enfrente del calabrés.

—Como primero de la clase —dijo el profesor— da el abrazo de bienvenida, en nombre de todos, al nuevo compañero: el abrazo de los hijos del Piamonte al hijo de Calabria.

Derossi murmuró con voz conmovida:

—¡Bienvenidos! —y abrazó al calabrés. Éste le besó en las dos mejillas con fuerza. Todos aplaudieron.

—¡Silencio!… —gritó el maestro—. En la escuela no se aplaude.

Pero se veía que estaba satisfecho, y hasta el calabrés parecía ya a gusto. El maestro le designó sitio y le acompañó hasta su banco. Después repuso:

—Acordaos bien de lo que os digo. Lo mismo que un muchacho de Calabria está como en su casa en Turín, uno de Turín debe estar como en su propia casa en Calabria; por esto luchó nuestro país cincuenta años y murieron treinta mil italianos. Os debéis respetar y querer todos mutuamente. Cualquiera de vosotros que ofendiese a este compañero por no haber nacido en nuestra provincia, se haría para siempre indigno de mirar con la frente levantada la bandera tricolor.


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