Corazón
Corazón —¿Es usted —me dijo— el maestro que daba clase en la cárcel de TurÃn?
—El mismo. Pero, ¿quién es usted? —le pregunté.
—Yo soy —me dijo— el preso del número 78. Usted me enseñó a leer y escribir hace ahora seis años. Si se acuerda, en la última lección me dio usted su mano; ahora, que he cumplido la condena, vengo a verle… y le ruego que haga el favor de aceptar un recuerdo mÃo, una baratija que he hecho en la cárcel. ¿Quiere recibirla como recuerdo mÃo, señor maestro?
Me quedé sin saber qué decir. El creyó que no querÃa aceptar el regalo, y me miró como queriendo decirme: «¡Seis años de padecimientos no han bastado, pues, para purificar mis manos!» Fue tal y tan vivo el dolor de su mirada, que tendà la mano y tomé inmediatamente lo que me traÃa. Y aquà lo tiene.
Examinamos atentamente el tintero; parecÃa haber sido trabajado con la punta de un clavo, a fuerza de grandÃsima paciencia. TenÃa tallada una pluma atravesando un cuaderno y aparecÃa escrito a su alrededor: «A mi maestro. Recuerdo del número 78. ¡Seis años!» Y por debajo, en pequeños caracteres: «Estudio y esperanza»… El maestro no dijo nada más y nos marchamos.