Corazón

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—¡Cállate! —me dijo en voz baja, cogiéndome un brazo—. Crossi me dijo anteayer que había visto por casualidad un tintero de madera en las manos de su padre, recién llegado de América; un tintero cónico, hecho a mano, con un cuaderno y una pluma. ¡Es el mismo del que me has hablado! «¡Seis años!» El decía que su padre estaba en América, pero lo cierto es que se hallaba en la cárcel. Crossi era muy pequeño cuando se cometió el delito; no lo recuerda. Su madre le ha venido engañando, y él no sabe nada. ¡Pero que no se te escape ni una sola palabra de esto! Yo me quedé sin habla, mirando fijamente a Crossi. Derossi resolvió el problema y lo pasó a Crossi por debajo del banco. Le entregó una hoja de papel, le quitó de las manos El enfermero del Tata, cuento mensual que el maestro le había dado a copiar, para escribirlo él; le regaló plumas, le dio unos golpecitos cariñosos en la espalda, me hizo prometer bajo palabra de honor que no diría nada a nadie y, cuando salimos de clase, me dijo apresuradamente:

—Ayer vino su padre por él; seguramente habrá venido ahora a esperarlo; tú haz lo que haga yo.

Al salir a la calle, vimos que, efectivamente, estaba el padre de Crossi en lugar algo separado. Era un hombre de barba negra, con algunas canas, mal vestido, de semblante pálido y pensativo. Derossi estrechó la mano de Crossi, para que le viese, y le dijo en voz alta:


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