Corazón
Corazón —Ha vuelto, sà —respondió el obrero limpiándose el sudor y poniéndose algo encendido—. ¿Y sabe quién la ha hecho volver? —Mi padre se hizo el desentendido—. Aquel guapo muchacho —dijo el herrero, señalando a su hijo con el dedo—; aquel buen hijo que está allÃ, que estudiaba y honraba a su padre, mientras que su padre andaba de pirotecnia y lo trataba como a una bestia. Cuando he visto aquella medalla… ¡Ah, chiquitÃn mÃo, alto como un cañamón, ven acá que te mire un poco esa cara! —El muchacho se precipitó hacia su padre; y éste le asió y le puso en pie sobre el yunque y sosteniéndole por debajo de los brazos, le dijo—: Limpia un poco el frontispicio a este animalón de papá.
Entonces Precossi cubrió de besos la cara ennegrecida de su padre hasta ponerse también él enteramente negro.
—Asà me gusta —dijo el herrero y lo puso en tierra.
—¡Asà me gusta, Precossi! —exclamó mi padre con alegrÃa.
Y habiéndonos despedido del herrero y de su hijo, salimos. Al retirarnos, Precossi me dijo:
—Dispénsame —y me metió en el bolsillo un paquete de clavos; le invité para que fuera a ver las máscaras a casa.