Corazón
Corazón Al entrar, algunos se caían y permanecían sentados en el suelo, hasta que acudían las maestras para levantarlos. Muchos se paraban ante una escudilla, creyendo que fuese aquel su sitio, y engullían inmediatamente una cucharada; pero alguna maestra les decía: «¡Adelante!» Ellos daban tres o cuatro pasos y tomaban otra cucharada, y así hasta que llegaban a su puesto, después de haber consumido a cucharadas sueltas media ración por lo menos. Al fin, a fuerza de empujarlos y de gritar: «Cada cual a su sitio», los pusieron en orden y empezó la oración. Pero los de la fila de dentro, que para rezar tenían que ponerse de espaldas a la escudilla, volvían de vez en cuando la cabeza para no perderla de vista y que nadie les birlase nada; rezaban con las manos juntas y la mirada hacia el cielo, pero con el corazón en la comidita. Terminada la oración, empezaron a comer.