Corazón
Corazón —¡Ah, no! —respondió él—. ¿Es que no ves cómo tiemblo? —y enseñó sus manos—. Esto es un mal indicio. Me acometió el temblor hace tres años, estando en clase. Al principio no hice caso, creyendo que se me pasarÃa; pero no ha sido asÃ, sino que ha ido en aumento. ¡Aquel dÃa, cuando por primera vez hice un garrapato en el cuaderno de un chico fue un golpe mortal para mÃ, puedes creerlo! Aún seguà dando clase por cierto tiempo, pero llegó un momento en que ya no me fue posible continuar. Al cabo de sesenta años dedicados a la enseñanza tuve que despedirme de la escuela, de los alumnos y del trabajo. Y lo sentà muchÃsimo, como puedes figurarte. La última vez que di clase me acompañaron todos a casa y me festejaron; pero yo estaba triste, comprendiendo que se me acababa la vida. El año antes habÃa perdido a mi esposa y a mi hijo único, que murió de apendicitis. No me quedaron más que dos nietos campesinos. Ahora vivo con algunos cientos de liras que me dan de pensión. No hago nada, y los dÃas parece que no tienen fin. Mi única ocupación, ya lo ves, es hojear mis viejos libros de escuela, colecciones de periódicos y diarios escolares, asà como algunos libros que me han regalado… MÃralos —dijo señalando la biblioteca—; ahà están mis recuerdos, todo mi pasado… No me queda otra cosa en el mundo. —Luego, en tono repentinamente jovial, dijo—: Te voy a proporcionar una grata sorpresa, querido Bottini.