Corazón

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—Otros han ido —decía— y aun menores que yo. Una vez en el barco, llegaré allá como cualquier otro, y cuando esté en Buenos Aires no tengo más que buscar el comercio del tío. Hay tantos italianos por aquellas tierras, que alguno me dirá por dónde he de ir. Una vez que encuentre al tío, encontraré a mamá, y si no la encuentro, acudiré al Cónsul y buscaré a la familia argentina. Ocurra o que ocurra, allí hay trabajo para todos, y alguno encontraré para ganar lo suficiente con que pagar el pasaje de vuelta.

De esta forma, poco a poco casi logró convencer a su padre. Éste lo apreciaba, sabía que era un chico juicioso y valiente, acostumbrado a las privaciones y a los sacrificios, cualidades que darían doble fuerza a su corazón para llevar a buen fin el propósito de encontrar a su madre, a la que adoraba.

A esto se añadía que un capitán de barco, amigo de un conocido de la familia, que había oído hablar del asunto, accedió a que el chico fuese sin pagar hasta Buenos Aires como pasajero de tercera clase. Entonces, después de alguna vacilación, el padre dio su consentimiento y quedó decidido el viaje.

Llenaron una bolsa de ropa, le entregaron algún dinero, le dieron la dirección de la tienda del pariente y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.


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