Corazón

Mi amigo Garrone

Viernes, 4

NO han sido más que dos los días de vacaciones y me parece que he estado mucho tiempo sin ver a Garrone. Cuanto más lo conozco, tanto más lo aprecio, y lo mismo les sucede a los demás, con excepción de los presuntuosos y arrogantes, aunque a su lado no puede haberlos, porque no permite que ninguno se haga el mandón. Cada vez que uno de los mayores levanta la mano sobre un pequeño, grita éste: «¡Garrone!» y el mayor no osa pegarle.

Garrone es el más alto de la clase; levanta un banco con una mano; no para de comer. Su padre es maquinista del tren y él empezó a ir tarde a la escuela porque estuvo enfermo dos años. Es muy servicial: cualquier cosa que se le pida, un lápiz, una goma, papel o el cortaplumas, lo presta o lo da. Es muy serio, y en clase ni habla ni se ríe; está muy quieto en el banco, que resulta reducido para él, debiendo tener la espalda agachada y la cabeza como metida en los hombros. Cuando lo miro, me dirige una sonrisa y entorna los ojos, cual si quisiera decirme: «¿Qué, Enrique? Somos amigos, ¿no?»


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