El Improvisador
El Improvisador Yo veía aquel cielo, siempre negro, como la arena del desierto que se alza en remolinos durante la tormenta, la casa de Adán caer como hojas en otoño mientras almas gimientes aullaban en el huracán. Las lágrimas brotaban de los ojos a la vista de los grandes nobles que, al no participar de la fe cristiana, tenían allí su obligada residencia: Sócrates, Bruto, Virgilio y otros muchos de los mejores y más nobles de la antigüedad, alejados para siempre del Paraíso. Para mí no bastaba con que Dante hubiera hecho aquel lugar todo lo bueno y acogedor que podía llegar a ser el infierno, pues la existencia era allí un padecer sin tormentos, un ansia sin esperanza; pero pertenecían al reino de los condenados, su territorio estaba rodeado por los profundos pantanos del infierno, donde los condenados bebían ponzoña y respiraban vapores pestíferos. ¿Por qué no pudo Cristo, cuando bajó a los infiernos y salió de ellos para estar a la diestra del Padre, llevar consigo a todos los que habitaban aquel valle de la nostalgia? ¿Podía el amor elegir entre quienes son igual de desdichados?… Olvidaba que no era más que un poema. Hasta mi corazón llegaban los hondos suspiros desde el hirviente mar de brea; lo vi, vi el ejército de los simonistas intentando salir y los demonios que les clavaban afilados tridentes. Las vívidas descripciones se grabaron profundamente en mi alma, aparecían en mis ideas durante el día, en mis sueños durante la noche. Muchas veces, mientras dormía, me oían gritar: «¡Papé Satán, Papé Satán, aleppe!» y creían que estaba siendo atacado por el demonio, pero no se trataba sino de reminiscencias de lo que había leído, y que repetía. Durante las horas de clase estaba distraído, miles de ideas se acumulaban en mi interior. No podía apartarlas ni con mi mejor voluntad.