El Improvisador
El Improvisador Todos echábamos de menos al salvaje y exagerado Bernardo, y nadie lo añoraba más que yo; tenÃa la sensación de que se habÃa creado un vacÃo a nuestro alrededor; mis libros no me satisfacÃan, en mi alma resonaban disonancias que ni yo mismo era capaz de solucionar, solamente la música me aportaba armonÃa por un instante; tan sólo en el mundo de las notas comenzaron mi alma y mi entero afán a hallar alguna claridad, aquà encontraba más de lo que ningún poeta, incluido Dante, era capaz de expresar, aquà no sólo el sentimiento se llenaba de felices imágenes, también el oÃdo, esa parte tan veraz de nuestro cuerpo, absorbÃa con ellas su feliz existencia. Cada tarde, ante la imagen de la Madonna que habÃa en la pared, las voces infantiles me cantaban el recuerdo de mi propia infancia, que resonaba como una canción de cuna desde la melancólica gaita, pues volvÃa a oÃr en ellas la monótona salmodia del cortejo fúnebre que acompañó al ataúd de mi madre. Empecé a pensar en lo ya pasado y en lo que estaba aún por venir; con el ánimo extrañamente sobrecogido sentÃa en mi corazón lo que me veÃa capaz de cantar, viejas melodÃas sonaban en mis oÃdos y hacÃan brotar las palabras hasta que llegaban a mis labios, incluso con fuerza excesiva, pues llegué a molestar a Habbas Dahdah, que estaba a varias habitaciones de distancia, y me mandó decir que aquel lugar no era un teatro de la ópera ni una escuela de canto, que los únicos trémolos que podÃa haber en la escuela de los jesuitas eran los que entonaban loas a la Madonna. Silencioso apoyé la cabeza contra el cristal de la ventana, mi mirada vuelta hacia el jardÃn, y la mente hacia mà mismo.