El Improvisador
El Improvisador Una tercera persona que desempeñó un papel de gran importancia durante mi infancia era el tío Peppo, habitualmente conocido como «Peppo el malo» o también «el rey de la escalinata de España[2]», donde se instalaba todos los días. Había nacido con las piernas inútiles, que llevaba cruzadas debajo del cuerpo, y desde su más tierna infancia adquirió una asombrosa agilidad para correr sobre las manos. En éstas tenía una correa que sujetaba una tabla, y con ellas era capaz de correr casi tanto como cualquier otra persona sobre sus piernas sanas y fuertes. Como ya he dicho, todos los días se aposentaba en la escalinata española y, aunque no mendigaba propiamente hablando, gritaba buon giorno con una sonrisita maliciosa a todos los paseantes, incluso después de ponerse el sol. A mi madre no le gustaba demasiado, incluso se avergonzaba del parentesco que los unía, aunque, por mi bien, según solía decirme, procuraba conservar la relación. Peppo tenía su dinerito, por eso era conveniente ir a visitarlo, y si yo mantenía buenas relaciones con él, yo sería su único heredero, a menos que legara el dinero a la iglesia. Además, me tenía algo así como cariño, a su manera, aunque yo jamás me sentía a gusto en su presencia. Una vez fui testigo de una escena que me hizo temerlo, como si lo que había visto reflejara lo que realmente había en su corazón. En uno de los escalones más bajos de la escalinata estaba sentado un anciano mendigo ciego que hacía tintinear una cajita de latón para que la gente le echara un baiocco. Algunas personas pasaron delante de mi tío sin que su servil sonrisa ni el blandir su sombrero tuvieran efecto alguno. Con su silencio, el ciego ganaba mucho más que él. Habían pasado ya tres personas, cuando llegó la cuarta y le arrojó un chelín. Peppo no pudo aguantar más, le vi reptar escaleras abajo como una culebra y golpear al ciego en el rostro, haciéndole perder dinero y bastón.