El Improvisador

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La vida de Annunziata corrió peligro y ella escapó secretamente a Italia, pues en el barrio judío de Roma, en casa de su anciano padre adoptivo, nadie la buscaría. Aquello había sido solamente año y medio atrás; fue entonces cuando debió de ver a Bernardo y le sirvió el vino, como tantas veces me había contado él. Me pareció que había sido una seria imprudencia mostrarse de ese modo ante un desconocido, pues podía temer un asesino en cualquier forastero. Sin embargo, sabía que Bernardo no podía serlo, pues había oído alabar su bravura y su nobleza. Poco después les llegó la noticia de que su perseguidor había muerto; por eso se marchó, entusiasmada con su sagrado arte, y encantó a las multitudes con su arte y su belleza. La anciana señora la acompañó a Nápoles, la vio recoger los primeros laureles, y desde entonces no la había abandonado.

—Sí, es todo un ángel de Dios —dijo la locuaz anciana—; es devota en su religión, como ha de serlo una mujer, y tiene tan buena cabeza como se puede esperar en alguien con tan magnífico corazón.





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