El Improvisador

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XIV

Los campesinos de Rocca di Papa. La guarida de ladrones. Las Parcas de mi vida

¡Ama a Bernardo! resonó en lo más profundo de mi corazón; era el dardo de la muerte, que vertía veneno por toda mi sangre, me hacía escapar e incluso ahogaba la voz que gritaba: Has matado a tu hermano y amigo.

Instintivamente corrí entre arbustos y matorrales, trepé muros que rodeaban las viñas de la montaña. La cúpula de San Pedro brillaba muy alta en el cielo; así brillaba también el fuego en los altares de Caín y Abel cuando el asesino corría para escapar.

Anduve errante durante varias horas sin interrupción; no me detuve hasta llegar al amarillento Tíber, que me cortaba el camino; desde Roma hasta el Mediterráneo no encontraría puente ni barca que pudieran llevarme hasta el otro lado. Aquel obstáculo inesperado fue una cuchillada que por un instante rajó el gusano que me corroía el corazón, pero pronto volvió a crecer de nuevo, y sentí con redoblada fuerza mi desdicha.

A sólo unos pocos pasos de mí estaban las ruinas de una tumba, algo mayor que aquélla en la que había vivido con la vieja Domenica, aunque más arruinada. Junto a los bloques de piedra caídos vi tres caballos trabados, comían del saco de forraje que llevaban bajo el cuello.


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