El Improvisador
El Improvisador Nuestro erudito nos invitó a acompañarlo a su casa; al instante tuve una sensación de embarazo y un extraño temor, como consecuencia del último sucedido entre Santa y yo, ante la idea de volver a verla, pero la decisión, más fuerte, más determinada, de mi alma anuló enseguida aquellas sensaciones. La signora me tomó amablemente de la mano, nos llenó las copas, estuvo muy natural y finalmente acabé por mudar mi severo juicio sobre ella; pensé que aquel pensamiento torpe se hallaba solamente dentro de mí. Su simpatía y su interés, que se habían expresado de forma tan manifiesta, los había interpretado yo como pasión auténtica, pero ahora la amistad y la diversión, que mi ánimo me permitía ver en su naturalidad, me llevaban a corregir mi extraña sensación del día anterior, ella pareció comprenderme y en su mirada leí el interés y el cariño de una hermana.
Aún no me habían oído improvisar, me convencieron para que lo hiciera, canté nuestra excursión al Vesubio, y aplausos y entusiasmo me saludaron. Lo que había dicho la mirada silenciosa de Annunziata brotaba ahora en elocuencia de los labios de Santa, y con sus palabras se hizo doblemente bella, sus ojos ardieron hasta lo más hondo de mi alma con una mirada de agradecimiento.