El Improvisador
El Improvisador Santa. La erupción. Viejos conocidos
A la mañana siguiente me presenté ante Federigo como una persona renacida, capaz de expresar mi alegría, algo de lo que era incapaz la tarde anterior; la vida que me rodeaba me atraía más, me sentía más mayor, parecía haber madurado con el rocío vivificador que había caído sobre el árbol de mi vida. Tenía que ir a visitar a Santa, había ido a escucharme la noche anterior y deseaba saborear también sus alabanzas, que no se harían de rogar. Maretti me recibió encantado, pero Santa había padecido durante toda la noche, desde su regreso del teatro, una fiebre aún más elevada; en aquel momento estaba dormida y sin duda el sueño le permitiría recuperar las fuerzas, así que prometí regresar después del almuerzo. Fui a comer con Federigo y mis nuevos amigos, hicimos un brindis tras otro, alternamos las blancas Lacrymae Christi y el vino de Calabria, hasta que ya no quise beber más, me ardía la sangre, y el champán me refrescó. Nos separamos alegres y contentos; cuando salimos a la calle, el cielo estaba iluminado por el Vesubio y su imponente río de lava; había bastante gente que se había puesto ya en marcha en sus carruajes para contemplar el pavorosamente bello espectáculo de la naturaleza. Fui a ver a Santa, era poco después del Avemaría, estaba completamente sola y mucho mejor, dijo la doncella, el sueño la había reforzado; yo me atreví a entrar, pero los demás, no.
