El Improvisador
El Improvisador La vieja Domenica. Descubrimiento. Noche en Nepi. El canto del marinero. Venecia
En el Palazzo Borghese recibían felicitaciones. Pues Flaminia-Isabel era novia del cielo. La seriedad de Francesca no conseguía ocultarse tras la sonrisa artificial, la calma que se dibujaba en su rostro había abandonado su corazón. Fabiani me dijo, conmovido como nunca solía estarlo:
—Tú has perdido a tu mejor bienhechora, tienes motivo para estar triste. Flaminia me pidió que te diera unos scudi para la vieja Domenica, parece que le hablaste de tu anciana madre adoptiva, ¿no es así? Llévaselos como regalo de Flaminia.
La muerte estaba enroscada en mi corazón como una serpiente; mi mente sólo albergaba el hastío de vivir, temblaba ante él, pues un suicidio me parecía su aspecto más luminoso. La gran sala estaba muerta y vacía. «¡Afuera, al aire libre!», pensé. «Al hogar de mi niñez, donde Domenica me cantaba canciones de cuna, donde jugué y soñé.»