El Improvisador
El Improvisador Entró Maria, me dio la mano fraternalmente, aunque con una alegría extrañamente tímida; era bella, ciertamente, parecía aún más bella que el día anterior, cuando se inclinó ante mí. Poggio tenía razón, así debía de ser la más joven de las Gracias, no había criatura femenina de más bellas formas, ¿quizá Lara? ¡Sí, Lara, la niña ciega, con sus harapos, con el ramito de violetas en el pelo, era tan bella como Maria con su suntuoso vestido! Aquellos ojos cerrados habían hablado a mi corazón más fuerte que esta extrañamente oscura mirada de fuego; cada rasgo era melancolía, como en Lara, pero en los abiertos ojos oscuros se encontraba una paz, una alegría, que Lara nunca habría conocido. Había en ella tantas cosas que me hacían pensar en la pequeña mendiga ciega, a la que ella nunca había visto, sucedía también con el extraño respeto de mi corazón, como si estuviese dirigido a algo aún más elevado. Mis dotes espirituales alcanzaron mayor flexibilidad, mi elocuencia se hizo más rica. Notaba que agradaba a todas esas personas, y Maria parecía dedicarme la misma admiración que su belleza exigía de mí. La contemplé como el amante contempla a una preciosa estatua femenina que perfecciona incluso la imagen de su amada. En Maria hallaba la belleza de Lara, casi como el reflejo de un espejo, y el ánimo fraternal de Flaminia; inspiraba confianza. Para mí era como si ya nos conociéramos.