El Improvisador

El Improvisador

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Un suceso de mi vida está ahora tan cercano que casi deja a todos los demás en segundo plano; como los altos pinos del bosque, aleja las miradas del sotobosque y sólo de pasada mencionaré, por tanto, el terreno intermedio. Yo acudía con frecuencia a casa del Podestà; yo era su genio vivificador, según decían. Rosa me hablaba de su querida Nápoles y yo le leía la Divina Commedia, Alfieri y Nicolini, e igual que las obras de estos poetas me entusiasmaban el espíritu y el sentimiento de Maria. Aparte de esta familia, Poggio era a quien con más gusto trataba, la cosa era sabida y fue invitado por el Podestà. Poggio me dio las gracias, era mérito mío y de nuestra amistad, no suyo, que él también pudiera ir allí, lo que haría que toda la juventud de Venecia lo envidiara. En todas partes se admiraba mi talento como improvisador, incluso se le otorgaba tanto valor que no había círculo que dejara de insistirme hasta que yo cumplía su deseo de componer un poema. Los mejores artistas me estrechaban fraternalmente la mano y me animaban a presentarme en público, y yo satisfice su deseo a medias, actuando una tarde en la Accademia dell’arte, para sus miembros, con una improvisación sobre la campaña de Dandolo contra Constantinopla y sobre los caballos de bronce de la iglesia de San Marcos, por todo lo cual se me honró con un diploma: fui aceptado en la sociedad. Pero una alegría aún mayor me esperaba en casa del Podestà. Maria me sorprendió un día con una cajita que contenía un bonito collar de preciosas conchas de colores, diminutas, finas y preciosas, engarzadas en un cordoncito de seda; era un regalo de los desdichados del Lido, que me llamaban su bienhechor.


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