El Improvisador
El Improvisador Junto a la puerta estaban ya los sepultureros y la comitiva, con sus blancas cogullas cubriéndoles el rostro. Alzaron el ataúd sobre sus hombros, los capuchinos encendieron sus cirios y entonaron el canto de difuntos. Mariuccia iba conmigo al lado del ataúd, el ígneo cielo vespertino iluminaba el rostro de mi madre haciéndola parecer viva. Los otros niños del pueblo corrían felices a mi alrededor, recogiendo en cucuruchos la cera que goteaba de los cirios de los frailes. Recorrimos la calle en la que, tan sólo el día anterior, se había celebrado la festiva procesión; quedaban aún numerosas flores y hojas verdes pero las imágenes, las bellas figuras, estaban destrozadas, igual que la alegría de mi infancia, igual que mis días de felicidad. En el cementerio los vi apartar la gran losa de piedra que cubría la fosa en la que introducían los cuerpos. Vi descender la caja y escuché un débil retumbo cuando chocó con los otros ataúdes que había en aquel lugar. Luego se marcharon todos, pero Mariuccia me hizo arrodillar ante la losa y rezar un Ora pro nobis.
En la clara noche de luna abandonamos Genzano; nos acompañaban Federigo y dos extraños. Espesas nubes se cernían sobre los Montes Albanos. Miré la fina neblina que, a la luz de la luna, se deslizaba sobre la campiña. Los demás apenas hablaban, y al poco me dormí y soñé con la Madonna, con las flores y con mi madre, que estaba viva, sonreía y hablaba conmigo.