El Improvisador

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¿Qué sería de mí ahora? Esa era la pregunta al llegar a Roma y entrar en la casa de mi madre. Fra Martino propuso enviarme al campo con los padres de Mariuccia, dos bondadosos pastores; los veinte escudos serían para ellos todo un capital que me garantizaría un lugar en su casa como si de su propio hijo se tratara. Claro que yo era ya casi un miembro de la iglesia, y si me marchaba a vivir al campo no podría seguir moviendo el incensario en el templo de los capuchinos. También Federigo era de la opinión de que lo mejor sería que permaneciese en Roma, en casa de personas honradas. Dijo que no le agradaba mucho la idea de que acabara convirtiéndome en un vulgar campesino sin educación. Mientras Fra Martino consultaba el asunto en el convento, apareció mi tío Peppo caminando sobre las maderas de sus manos; se había enterado de la muerte de mi madre y de los veinte escudos con los que me habían compensado, y si venía era sobre todo por éstos, aunque también para hacer valer su opinión. Explicó que era él, como único pariente mío en el mundo, quien debía hacerse cargo de mí, que me tenía que ir con él, y que ahora era propiedad suya todo cuanto había en la casa, además de los veinte escudos. Mariuccia afirmó con gran empeño que Fra Martino y ella lo dispondrían todo de la mejor forma posible y añadió que Peppo, inválido y mendigo, ya tenía suficiente consigo mismo y que no tenía nada que hacer en aquel lugar.


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