El patito feo
El patito feo —De todos modos, es macho y no importa tanto —añadió—. Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá camino en la vida.
—Estos otros patitos son encantadores —dijo la vieja pata—. Quiero que se sientan como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo asà como una cabeza de anguila, pueden traérmela sin pena.
Con esta invitación todos se sintieron allà a sus anchas. Pero el pobre patito que habÃa salido el último del cascarón, y que tan feo les parecÃa a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas.
—¡Qué feo es! —decÃan.
Y el pavo, que habÃa nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabÃa dónde meterse. SentÃase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él en el corral.
Asà pasó el primer dÃa. En los dÃas siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de vez en cuando y le decÃan:
—¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!